Crónicas de Dos Ruedas

Vio la luz de la calle en agosto de 2005, cerca del centro de Bogotá, en Colombia.
De piezas de diferentes nacionalidades, El Sr. Esmít (entonces llamado Srito. Esmít) fue armado por encargo del Aguilar Film Institute con fines de apoyo logístico en las áreas de transporte y diversión de dicha asociación durante los meses en que esta trabajaba en este país.

Aunque sus padres querían que fuera bicicleta de montaña (su cuadro no logra ocultar sus raíces), desde recién armado, Esmít supo que su verdadera pasión eran las calles y la ciudad, las infinitas banquetas y los asfaltos dañados del tercer mundo. Perdón, del mundo en vías de desarrollo o del mundo de las economías emergentes, como ahora se hacen llamar para no herir susceptibilidades.

Su madre, una Piranello de ruta, hecha a mano en Treviso, Italia, había pasado sus últimos años en Europa trabajando como guía de turistas en Bélgica y Suecia. La excentricidad de un español que se la quedó en un paseo por las afueras de Estocolmo la llevó hasta Medellín como parte del “equipo” de una ONG a favor de los mamíferos marinos, donde fue cambiada por tres botellas de aguardiente (cristal, sin azúcar) y 2 onzas de orégano.

El padre del Srito. Esmít era una bicicleta Trek de doble suspensión, con cambios shimano, que había recorrido buena parte de Colombia como parte de un equipo de montañismo extremo con sede en Cali. De corazón y piezas estadounidenses pero armada y pedaleada en Colombia.

Las primeras rodadas de Srito. Esmít lo llevaron por cada rincón de la ciclovía bogotana, para después aventurarse por pueblos aledaños a la ciudad, carreteras de un solo carril y centros de pueblo completamente empedrados.

En sus primeros días de trabajo en el Aguilar Film Institute tuvo la oportunidad de entrar a una proyección de Ladrón de Bicicletas, de Luchino Visconti, lo que sirvió para que inmediatamente se convirtiera en cinéfilo irredento. Aún hoy, si ve esta película, llora.
Pronto dejó la comodidad de las banquetas y los camellones para lanzarse a la jungla de los carriles múltiples y la temida tierra de los transportes públicos.

En plena adolescencia y gracias a una beca del Aguilar Foundation dado su interés por adentrarse más en las cuestiones urbanas, tuvo que dejar su natal Colombia para viajar a Argentina, donde tomaría una maestría en movilidad urbana y asistiría al IV Congreso Internacional sobre Transporte Latinoamericano Alternativo de Dos Ruedas, CITLADOR, como es conocido por sus siglas.

Creció y alcanzó la edad adulta en la Ciudad de México, donde en tiempo récord recorría la distancia entre el periódico Excélsior y su casa en la colonia Nápoles, tomando como pista de obstáculos la siempre transitada avenida Insurgentes y la no menos retadora Av. Cuauhtemoc.

Alguna vez sufrió accidentes y percances (que no dejaron secuelas graves) haciendo algo de montañismo en el Ajusco, lo cual le confirmó que su verdadera vocación, pasión y llamado estaba en las ciudades, en esos recorridos intensos y a veces explosivos que debían pertenecer más a una bicicleta-mensajero neoyorquina.

Esos seres que tanto admiraba desde que había visto Messengers de Yasuo Baba, un filme japonés de 1999 en el cual una joven profesionista terminaba trabajando como mensajera en bicicleta en Tokyo, tras atropellar a un mensajero y no lograr llegar a un acuerdo en el juicio. Una oda fílmica a los mensajeros en dos ruedas.

Su documental favorito es Klunkerz de William Savage, filme sobre el nacimiento a mediados de la década de los sesenta de lo que hoy conocemos como “bicicleta de montaña”.

Antes de hacerse cargo, en un puesto compartido con la Dra. Rata Eléctrica, de la Oficina de Nuevas Adquisiciones del Aguilar Film Institute, sobrevivió una extraña permanencia en Monterrey, lugar al que jamás pudo acostumbrarse y cuya infraestructura vial desafiaba agresivamente la existencia de su especie: bi-ciclaes urbanis.

Al Sr. Esmít no le gusta pisar el pasto. Tampoco le gusta tener que pasar mucho por el centro de la Condesa. Cree que la mayoría de las bicicletas de ahí están más preocupadas en verse bien, estar de moda, ser de marca o traer accesorios de importación que en simplemente salir a pedalear a donde sea.

Cuando quiere dejar ir la imaginación, se va a los domingos que cierran Reforma a ver bicicletas e inventar historias. Les crea oficios o los imagina. A veces se acerca y platica con ellas. Pero lo que más disfruta, es estar en la calle.
Este es el Sr. Esmit. Y éstas, sus aventuras.

– sospecho que muy en el fondo de tu alma eléctrica, tienes un complejo de inferioridad o problemas con el tamaño de tus ruedas.

– te voy a mandar a desinflar, sé donde te amarran, cuídate.

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– ya supiste que aquí en la esquina atropellan gente en moto?.

– ah chingá, te cae?

– sí. y a la mera hora resultó que fue culpa de los chavitos de la secundaria. por ir tarde.

– mira, como para decir que correr hacia la educación mata.

– chale, ese es peor que chiste de negros.

– uhhh, me sé uno buenísimo…

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– un día serás mío, pinche viaducto… (muaaa jaaaajaaa jaaaa)

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– qué onda ?? saben que puedo comprar en este mercado ??

– mmhhh espérate, es que este wey… – no, mira, ya vamonos o no llegamos, andale (smuack smuack de llanta)…

– noo… pus perdón. (consíganse un garage, par de calientes)

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– Miren qué bonito es Reforma.

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– (uuuhhhh con la llanta le está agarrando la cadena… ¡qué atrevido!) están borrachos ??

– totalmente.

– ah. (envidia) ok. pues lléguenle a un lugar más privado, no?

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– ¿de dónde sacaron al robocop este? qué ridículos.

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