La pesadez de Iñárritu y Biutiful

Biutiful, el cuarto largometraje del mexicano Alejandro Gonzalez Iñárritu, es una película de fórmula. La misma fórmula desarrollada por este científico (ojo, que no artista) de la publicidad y el marketing que tiene también (es innegable al revisar Amores Perros o 21 gramos) un cierto talento cinematográfico (sobre todo, el de conjuntar extraordinarios equipos de trabajo).

Es dificil hacer un análisis de su película cuando en lugar de que la experiencia de ver su filme hable por si mismo y provoque las naturales reflexiones para enmarcarla y hablar de sus propuestas dramática, narrativa o artística, hay que (junto con el público) pasar antes por una serie de superlativos comentarios de auto elogio y de una forzada campaña de interpretación de lo que Biutiful ‘es’ para su director y lo que debe ser para quienes la vean.

Insisto, a las películas de Iñárritu les vendría bien (en lo artístico, en lo cinematográfico, pero no en lo publicitario) que su director NUNCA volviera a hablar de ellas antes de estrenarlas. La retórica del mexicano sobre su propia obra se ha convertido a fuerza en un elemento extra de sus películas.

Después de escucharlo decir ad nauseam y ad infinitum que esta es una obra de incomparable profundidad humana sobre los sacrificios y la esencia del ser y las pruebas de la vida, es complicado que el público en general salga del cine no queriendo decir lo mismo.

Vamos, el tipo que aparece en portadas de revistas, recibe reconocimientos en el extranjero y es visto como una suerte de gran chamán fílmico nacional ha hablado y para muchos eso es como un Evangelio. Y el espectador en general no querrá ir en desacuerdo con tan prestigioso realizador al que en casi todo espacio posible le aplauden el sólo por aparecer y respirar y darse gusto hablando de sí mismo y su trabajo. Cómo podría ser posible tal blasfemia por parte del espectador.

Blasfemia del tamaño de compararse con Luis Buñuel o lograr ver de alguna extraña manera que esta es una re visita modernizada de Los Olvidados, una auténtica y poética obra maestra del cine.

Y Biutiful no lo es. Ni tiene la mínima cercanía a la profundidad de Los Olvidados.

Biutiful es el retrato de un padre a punto de morir que necesita desesperadamente hacer algo para proteger el futuro de sus hijos. Se le suma la observación de las circunstancias y contextos particulares de una Barcelona no turística sino simplemente realista. La empatía emocional es obviamente facil de provocar. Es terreno seguro para desarrollar una historia. Y Bardem, que pasa quizás por uno de sus mejores momentos como actor, sabe como meterse en la piel de este padre y es capaz de soportar el peso entero de una película en la que su rostro de sufrimiento se convierte en el lugar más habitual a lo largo de las más de dos horas de proyección.

¿Qué tiene de artístico Biutiful? Muy poco.

Sería extremista decir que no se trata de una buena película. Lo es, así a secas. Pero en su supuesta profundidad emocional se encuentra su verdadera superficialidad. Todo es sufrimiento, en extremo, pena tras pena, sin descansos, sin reparos, machacándole al público que el sufrimiento sólo es sufrimiento en este maniqueísmo sentimental donde al que sufre hay que llevarlo a la tumba sólo si puede sufrir al límite de lo posible en el trayecto. Ver las noticias debería provocarnos algo similar: familias que pierden su hogar por un huracán o un irresponsable incendio que le quita la vida a decenas de niños.

No hay espacio para la interpretación artística o para la reflexión, ni para la mirada a distancia. Iñárritu resulta demasiado insistente (parco y necio) en su forma de introducirnos a un mundo que sabemos caótico, injusto y complejo.

Hay películas para pensar, otras para sentir. Las grandes cintas hacen ambas cosas. Biutiful sólo se puede sentir, y sólo se puede sentir desde la perspectiva absolutista de los extremos, de lo intenso y desgarrado. Es una cinta para un público que quiere sufrir y dejarse llevar por lo que sea que le quieran poner, dejar todo a la provocada y simplista empatía emocional construída y no cuestionar nada al respecto, mucho menos esperar sentir algo más que no sean reacciones básicas.

Ahí es donde sale a la luz la enorme superficialidad de Biutiful, que gracias a las enormes bondades de la retórica discursiva de su director, muchos ven como inclemente y profundo retrato del ser humano.

Aún sin tener hijos es facil entender el sufrimiento del protagonista de Biutiful. Comprender su agonía emocional. Y ver a alguien sufrir así obviamente despertará reacciones en las que cualquiera puede construir una identificación natural. Sin embargo no pasa de eso. De centrarse en ese sufrimiento como único motor de la historia, sin espacio para una pausa. Todo es sordidez.  Y en esa mirada fílmica tampoco hay nada nuevo. Es una fórmula efectiva y nada más.

No quiero imaginarme lo que podrían sentir aquellos que vieron Biutiful y dijeron que los sacudió como pocas películas lo han hecho, cuando se enfrenten con retratos humanos mucho más profundos y ricos como los de los Hermanos Dardenne (El hijo) o Haneke. Ahí sí se van a querer matar.

 

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